Revolución argentina

Mario Bergoglio escogió como nombre pontífice Francisco. El nuevo Cabeza de la Iglesia empezó su nuevo camino con sorpresas. Para empezar, no era europeo, sino americano,  concretamente argentino. El Papa del conocido como Nuevo Mundo saludaba a la muchedumbre con aparente inseguridad y timidez. “Claro, no es europeo”, pensaban algunos, “ha cogido el primer nombre que se le ha pasado por la cabeza”, relataban otros.
Nada más lejos de la realidad. Francisco, como nombre, tiene muy buenas connotaciones para los cristianos.
Es inevitable no pensar en Francisco de Asís, un santo caracterizado por su fe sencilla, su cercanía con todas las criaturas de Dios y su vida y vestimenta humilde. Todos estos rasgos son las palpables bases principales de este nuevo papado.
La sencillez implica claridad, transparencia, naturalidad, conceptos que ha aplicado a las cuentas vaticanas, al trato con el mundo y al posicionarse a favor de la eliminación de obligaciones inventadas por la Iglesia, como el celibato y la relegación de la mujer a un segundísimo plano.
La cercanía aboga por la destrucción de las barreras que ponen a la Iglesia y al ciudadano en diferentes dimensiones. Una institución religiosa no debe generar odios ni divisiones. Debe dar cobijo a todos los que lo requieran sin pararse en juzgar orientación sexual ni ideología política.
La proximidad tiene como objetivo principal alejar del centro de la Iglesia a grupos cerrados, como el Opus Dei. La proximidad conlleva crear unión donde haya violencia y donde haya injusticias encabezar discursos de temática acorde con los tiempos. Uniendo, sin renunciar a las bases cristianas, lo trascendental y lo terrenal.
Porque para el Papa Francisco, éste es el momento de olvidar lo que nos separa y pensar en lo que nos une.

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