El hachazo

De repente, se detuvo y se sentó frente al espejo. Durante largo rato analizó el rostro que se reflejaba. “Quién es esta mujer, quién eres tú, qué haces bailando así”, se preguntaba. Se concentró en sus ojos, grandes, oscuros. Al cabo de unos segundos, sus rasgos faciales se tornaron borrosos, tan sólo permanecían intactos los ojos.

“MDH” (1963) de Margaret Keane, la retratista de los Big Eyes



Las lágrimas comenzaron a brotar de ellos. “No te…no me reconozco” se repetía una y otra vez. Una sustancia caliente se deslizó sobre sus labios. Apartó la mirada del espejo y acercó las desolladas yemas de sus dedos a su boca. Estaba sangrando por la nariz.

Volvió al espejo y, con su lengua, esparció la sustancia roja por sus labios. Mientras tanto, recordaba aquellos lejanos años de infancia en los que sangrar le permitía faltar a clase. De vuelta al presente, manchó sus dedos en la sangre y pintó sobre su tez lágrimas rojas.

Cuando hubo terminado con la cara, comenzó con las muñecas de sus brazos hasta la altura de los codos. Una vez estuvo lista, observó su obra frente al tocador. El dolor de su cabeza se hacía cada vez más intenso.

Tras un amago de grito, rompió violentamente a llorar. Sus rasgos volvieron a desdibujarse. El intenso llanto la estaba desfigurando. Tomó algo de agua de la palangana y lavó su rostro. Estaba temblando, pero no quería continuar en el baño. Miró de nuevo al espejo. Allí se encontraba una mujer de apariencia joven, pero demacrada para sus veintiséis años.

En su interior habitaba un ser de sentimiento anciano y de infantiles anhelos. ¿Quién era la mujer del reflejo? ¿Por qué, hasta hacía unos minutos, esa persona sonreía y bailaba? ¿Quién era entonces y quién ahora? No reconocía a ninguna de las dos.

En algún momento, entre los diecisiete y los diecinueve años, se había producido la transformación. Recordaba todo lo vivido anteriormente, pero no a sí misma. Más bien, no se reconocía, no sentía conexión entre la Sofía del pasado y la del presente.

Cuando finalizó el bachillerato comenzó a cambiar, de eso no cabía la menor duda. Lo que le asustaba era el momento exacto en el que dejó de ser ella y se convirtió en otra. Ese instante sin localizar en el tiempo era el origen de esa nebulosa rosa que tenía por memoria. Esa que la hacía sentirse tan perdida en su vida cotidiana, pero, sobre todo al echarse la noche.

No era feliz antes del hachazo en su biografía, tampoco lo era ahora. Antes tenía esperanzas. Ahora, si aún permanecían ahí, estaban enterradas bajo profundas decepciones, desengaños y traiciones a sí misma. Éstas últimas, las que más pesaban sobre ella.

Aún necesitaba esas pastillas. Su aspecto medianamente jovial escondía una atormentada existencia demasiado cansada, a la que, cada vez, le costaba más sobreponerse e iniciar nuevos comienzos.
Terminó de enjugarse las lágrimas, gesticuló un par de veces y se dijo “arreglado, pareces feliz, no ha pasado nada”. Salió del baño. Eran más de las dos de la madrugada y todo el edificio dormía ya hacía tiempo.

El dolor de la cabeza se hacía cada vez más insoportable. No podía erigirse y necesitaba tocar constantemente los muebles para tenerse en pie. Entonces, se detuvo. Súbitamente su visión se nubló, la mesita laceró parte de su sien izquierda y cayó sobre la alfombra.

Sus ojos volvieron a inundarse y, mientras notaba que se le escapaba la vida, susurró “siempre he sido patética y ridícula…pero sobre todo patética.”

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