Mi experiencia como persona transgénero

Mi nombre es Marcos Ventura Armas y, en este artículo, quiero contarles cuál ha sido mi experiencia vital como persona transgénero. Espero que les resulte interesante y si a algunas personas mis palabras les hacen reflexionar o sentirse identificadas, me sentiré profundamente feliz por ello. Mi historia comienza con mi entrada en el activismo LGTB.

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Mi foto en redes sociales.

El gran descubrimiento: el activismo

Me acerqué por primera vez a Gamá, el Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Canarias, en junio de 2013, y, en aquel momento, no sabía cuánto iba a cambiar mi vida.

Allí aprendí muchas cosas sobre feminismo y el género. Además, conocí el concepto de transgenerismo a través de Joana, una activista transgénero que se ha convertido en mi gran referente.

Para evitar confusiones terminológicas, yo uso transgénero para hacer referencia a una identidad de género no binaria, alguien que no es ni hombre ni mujer, sino otro género distinto a estos 2.

Al principio, no entendía muy bien qué significa eso del transgenerismo porque me explicaban que era no sentirse ni hombre ni mujer, sino otra cosa. Y yo no lo comprendía porque tampoco entendía qué significaba sentirse un hombre.

Esto me obligó a pensar mucho en qué significaba ser hombre y me hizo rememorar muchos momentos a lo largo de mi vida que ahora cobraban un sentido diferente para mí.

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Fotografía junto a Joana, mi referente transgénero, para una información de Canarias 7 sobre el tercer género.

Recuerdos de la infancia

De pequeña (estoy intentando acostumbrarme a referirme a mí misma en femenino, dado que al no ser hombre ni mujer sino persona transgénero, el género gramatical de la palabra persona es el femenino) había momentos en los que me sentía mucho más femenina y momentos en los que no lo sentía tanto.

También, había momentos en los que me hacían notar que no me adecuaba al estereotipo de la masculinidad, como adoptar roles femeninos en los juegos de rol (jugar a papás y mamás y elegir a veces ser la mamá, por ejemplo) o tener, supuestamente, una forma femenina de caminar.

La pubertad: una época de cambios muy difíciles

El asunto empeoró cuando llegué a la pubertad. Me desarrollé antes que la mayoría de mis compañerxs de clase, aún en el colegio, y tuve vello corporal y barba muy pronto. Era algo que odiaba profundamente. No sabía exactamente por qué, pero me generaba un gran conflicto.

De hecho, no soy una persona especialmente pudorosa con su intimidad. Por ejemplo, mis amigxs me han visto hacer casi de todo (sí, casi de todo), pero si hay algo que jamás he hecho delante de otra persona, eso ha sido afeitarme. Sigue siendo algo traumático que solo puedo hacer en la intimidad.

De vuelta a la pubertad, recuerdo que por aquel entonces dejé de comerme las uñas y descubrí que me gustaba mucho llevarlas largas y arregladas. En una ocasión, mi abuela me las vio y me las cortó a la fuerza, a pesar de que yo pedí que no lo hiciera. Lo recuerdo como una situación muy violenta para mí.

Poder entenderme desde un prisma diferente

En aquel momento, es cierto que todos estos conflictos con mi expresión de género me habían hecho plantearme cuál era mi género, pero yo no me sentía una mujer, es decir, tenía bastante claro que no era una mujer.

Por descarte, me quedaba ser hombre. Así “solucioné” el conflicto, que en el fondo no era ninguna solución porque no explicaba por qué yo sentía esas cosas, pero di por concluido el tema, lo sublimé y me adapté a hacer mi día a día asumiendo el rol que la sociedad esperaba de mí.

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La tercera acepción de sublimar es a la que me refiero en el párrafo anterior (fuente: WordReference).

Y, entonces, después de conocer que el transgenerismo existía y de volver a revivir en mi mente todos esos momentos, todas esas sensaciones y todos esos conflictos, ¡por fin había una explicación para todo ello! Y, lo que es más importante, al fin había encontrado una etiqueta en la que me sentía cómodo: persona transgénero.

Las personas transgénero sufrimos transfobia tanto externa como interna

A pesar del gran alivio que supuso, pronto descubrí que ese era solo el comienzo del camino. Las personas transgénero nos enfrentamos a una realidad bastante compleja: con ausencia casi total de referentes, no tenemos tampoco ninguna “guía de género” que seguir.

Los hombres y las mujeres, tanto cisexuales (identidad de género coincide con el sexo biológico asignado al nacer, según se tenga pene o vulva) como transexuales, tienen un “tipo ideal”, una idea aproximada de lo que su género es y lo que se espera que sea.

Entonces, dentro de esa idea genérica, se adaptan según su propia personalidad. Sin embargo, las personas transgénero no tenemos ningún patrón, sino que debemos ir descubriendo cómo nos sentimos cómodxs en nuestra expresión día a día, mediante ensayo-error.

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La transfobia no es una opinión (foto: Asociación de Transexuales de Andalucía).

Además, es una realidad sumamente desconocida. Intentar vivir en este mundo como persona transgénero supone tener que estar dando explicaciones continuas sobre algo que nadie a tu alrededor comprende. Y no solo eso, sino que también es una realidad que tienes que estar probando en todo momento.

A la gente le resulta tan inconcebible, que tienes que justificar continuamente por qué esa es tu realidad. Me he dado cuenta de que este ponerme a prueba es algo que hacen sobre todo personas que, cuando les preguntas, no saben justificar por qué ellxs son hombres o mujeres.

Quizás sean personas que, como yo, asumieron su género por descarte y, en realidad, solo necesiten entender que la realidad transgénero existe para poder entenderse a ellxs mismxs.

La incomodidad de vivir armarizada

Mi vida no ha sido precisamente un camino de rosas. Probablemente como la de la mayoría, pero, en mi caso particular, me he sentido tan abrumada por todos los problemas que he tenido que afrontar en los últimos años, que, a pesar de descubrir mi realidad como persona transgénero, no me atrevía a afrontar el esfuerzo constante que supondría tener una expresión de género no binaria en una sociedad binarista.

De hecho, incluso cedí a la presión de llevar barba (que, como recordarán, odio a muerte) porque ligo mucho más con ella y soy una persona con mis necesidades, como todxs.

Marcos Ventura Armas

Con barba es como salgo en la mayor parte de mis fotografías, pero la odio. Provoca que no me lean como soy, sino como hombre.

Para Gamá, el trabajo activista debe centrarse en la lucha contra la transfobia, porque las personas transexuales son las que peor lo están pasando ahora mismo y, en consecuencia, esta ha sido la línea política del colectivo durante ya varios años.

Este 2018, además, es la prioridad política del año temático de la FELGTB, la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales.

Debido a ello, desde Gamá se me ha pedido que visibilice mi realidad como persona trans, a través de charlas, artículos o entrevistas. Si ya era incómodo para mí ser consciente de que adopto una expresión de género en la que no me siento representada, ha sido aún mucho más incómodo visibilizarme como persona transgénero, cuando todo el que me mire ve a un hombre de aspecto muy masculino.

La rabia ante el binarismo

En este contexto de incomodidad creciente, se acercaban la huelga y manifestación del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. En mi percepción de las cosas (percepción personal que puede ser perfectamente errónea, pero que es mía y es una realidad con la que vivo), la lucha feminista siempre ha tenido unos tintes muy binaristas, puesto que es la lucha de la liberación de las mujeres de la opresión ejercida por los hombres.

Empecé a leer muchos comentarios en redes sociales explicando el papel protagónico de las mujeres y el papel secundario y de apoyo, desde la retaguardia, de los hombres. ¿Y las personas que no somos ni hombres ni mujeres? ¿Qué papel nos toca?

Ese 8 de marzo de 2018 fui especialmente consciente de que la sociedad me leía como un hombre y de que, por lo tanto (y a pesar de las discriminaciones múltiples que se interseccionan por muchas otras identidades), tenía privilegios masculinos.

Precisamente, esos privilegios eran otro atributo masculino que no quería tener. Debido a ello, ese día tuve una gran sensación de rabia por la inadecuación entre la visión que la sociedad tiene de mí y mi auténtica realidad que quería visibilizar.

Así que decidí usar esa rabia para superar mis resistencias y hacer lo que llevaba tanto tiempo queriendo hacer. Ese día feminizaría al máximo mi aspecto y si querían leerme como un hombre, al menos que se vieran forzadxs a leerme como un hombre que rechaza la masculinidad.

Apoyos en el gran día

Afortunadamente, tuve el apoyo de mi madre y mi hermana, que me pintaron las uñas, me maquillaron y me prestaron un vestido que llevé como blusa. Ese día hice mi rutina diaria con una expresión totalmente diferente. Sin embargo, nadie me dijo nada al respecto, salvo una señora mayor que me preguntó si iba de carnavales (a lo que le tuve que responder que no, soy canaria pero no me gustan los carnavales).

Realidad transgénero Marcos Ventura Armas

Mi felicidad al feminizar mi imagen para la marcha del 8M.

Fue al llegar a la manifestación cuando la gente empezó a reaccionar. Como sabrán, este 8 de marzo fue histórico, las mujeres, hombres y personas transgénero de este país salimos a la calle en masa como nunca para reclamar la plena igualdad de género.

Así que me encontré con muchxs conocidxs del activismo y los movimientos sociales que me felicitaron por mi nuevo look. Y, sobre todo, encontré apoyo en mis compañerxs del Colectivo Gamá, que me manifestaron su alegría porque, por fin, hubiera dado el paso de salir a la calle con una expresión que me identificara.

Si algo he de destacar de aquel día, aparte de la desbordante sensación de esperanza de ver al país saliendo a la calle en defensa de la igualdad, eso fue la comodidad. Sí, yo sabía que había miradas, sabía que había algún cuchicheo, pero me daba igual. Lo importante era que la voz de mi interior, que me decía que me estaba escondiendo en el armario y que me estaba ocultando del mundo, se acalló.

Sí, es posible que mi imagen no fuese exactamente la que a mí me hubiera gustado y que aún tenga que ajustar cosas para lograr esa expresión de género lo más ambigua posible. Pero al menos esa tarde no estaba fingiendo ser nadie, estaba siendo yo misma por primera vez. Y fue una sensación increíble.

Y vuelta a la realidad diaria…

Aunque el encantamiento se acabó pronto. Al acabar la manifestación recordé que tenía que volver a la casa en la que vivo con mi padre y que, antes de hacerlo, tenía que eliminar cualquier rastro de feminidad.

Mientras viva en su casa y dependa económicamente de él, no voy a tener ni dinero ni independencia para ir descubriendo mi propio estilo. Pero al menos ya sé que no es porque no me atreva, sino porque las condiciones no son las adecuadas.

Y sé lo bien que se siente cuando te muestras honestamente tal cual eres. Lo bien que se siente cuando te sientes libre.

transgénero huelga feminista

Así me sentí el pasado 8 de marzo, día de la huelga feminista.

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