Grietas en la coraza

Ya era de noche. El campus parecía una maqueta. Estaba vacío, y poco iluminado. No se movía ni una hoja de los frágiles y jóvenes árboles. Al igual que en la biblioteca, fuera hacía un intenso frío.
Mar” por Víctor Berzal de Miguel (2013)
Se puso los guantes y comenzó el camino hacia la parada del metro. Reinaba el silencio. La sensación que tenía era, a partes iguales, de seguridad y desprotección.
Una vez dentro, en el andén, dirigió sus ojos a las vías. De tal manera que, pronto, todo lo que acontecía alrededor se desvaneció. Tan solo, pensaba en lo fácil que parecía meterse por donde circula el tren.

Se acercaba y alejaba, repetidamente, al borde y tanteaba la altura y la posibilidad de saltar. El ruido del metropolitano al acercarse, le asustó y recuperó la consciencia. Si se tiraba o no, ése no sería el lugar.

En el cercanías se respiraba una atmósfera agobiante. Fuera llovía y dentro el aire estaba muy cargado. Demasiadas personas amontonadas en el vagón.

Había tenido la suerte de encontrar asiento. Aunque quisiera, no podría levantarse. Un muro de abrigos y bolsas de regalo se lo impedían. Notaba que le costaba respirar. Sus ojos intentaban reprimir, con poco éxito,  las lágrimas.

Pensaba en lo rápido que habían pasado los últimos años. “Otra vez Navidad” se repetía mientras otra lágrima rebasaba las cuencas de sus ojos. “Al menos llevo las gafas de sol y nadie se da cuenta”.

Según iba acercándose a Madrid, contemplaba diferentes opciones para quitarse la vida. No veía futuro. “No pertenezco a este mundo”, una frase que despreciaba, pero que le transmitía calma, aunque fuera derrotista. Además, era la excusa perfecta para no avanzar.

Cuando hubo llegado a su destino, desechó la idea de lanzarse a las vías. En la calle, en cada cruce, sólo pensaba en pararse en medio de la carretera y dejarse ir. Pero, seguía caminando de regreso a casa.

Poco a poco, el pensamiento “tiene que ser hoy” se fue convirtiendo en “¿y mi familia?”. Ante este tipo de acontecimientos, tarde o temprano, alguien termina culpándose. Nadie tiene la culpa…pero las consecuencias de su posible inmolación serían devastadoras.
De pronto, se dijo “¿qué te estás haciendo?, rompe la burbuja, sal de ti”. Transcurrieron unos segundos. Su mente comenzó a despejarse.

Notó el agua de la lluvia sobre su pelo y el olor a hoja seca y mojada. Respiró profundamente. Al instante, una cálida y, vieja conocida, sensación invadió su pecho. La esperanza y el amor volvían, lentamente, a emerger.

 

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