Una jornada cualquiera

Una sala de un cine cualquiera. Un público formado por niños, adolescentes, adultos y ancianos. Empieza la película. No hay acomodador, un mismo trabajador vende palomitas y controla la entrada al edificio. La gente no se calla y siguen entrando personas a placer. Las llamadas al silencio no son escuchadas.
Unos niños gatean por el suelo lleno de palomitas. Los adolescentes cuchichean y comentan el filme. Los mayores les siguen, se ríen, no callan ni amonestan a sus hijos. El silencio brilla por su ausencia.
Una universidad cualquiera. En la cafetería muchos alumnos toman el almuerzo. Mastican con la boca abierta, pedazos de alimentos triturados saltan por todas las mesas. Sorben la sopa y chupan los cuchillos.
En clase reina un clima infantil. Continuas charlas y risas a grito pelado. Mientras, el profesor manda callar para terminar cuanto antes con una insulsa lección o para criticar al sistema, pero nunca mueve ficha. Los discursos sobre lo mal que está todo siempre son más fáciles que actuar.
En el campus, un alumno saluda a un antiguo profesor. Éste no abre la boca, sólo gesticula y se aleja mirándole con extrañeza y desagrado.
Un autobús cualquiera. Un chico pide un billete de ida. Paga con dos euros. El conductor le responde groseramente que con esa cantidad sólo puede darle dos billetes. El chico no sabe reaccionar. Finalmente, el chófer rompe de mala manera el que sobra.
Un ascensor cualquiera se abre. Dentro hay dos personas. Entra una. Saluda, pero no recibe respuesta.
Un pasajero cualquiera del metro comienza a sentirse mal. Su rostro pierde color en cuestión de segundos. Pide, casi suplicando, un asiento. Todos le miran, pero sólo recibe indiferencia.
Llega a una estación y se baja. En el andén nota que se desmaya. Se cae al suelo. Nadie le ayuda, todos se alejan.
Una calle cualquiera. Llueve. Una alfombra de hojas cubre la acera. Una anciana resbala. Se escuchan burlas. La ayuda llega, pero tarda demasiado.
Un país desarrollado cualquiera. A pesar de la crisis, la mayoría de la gente vive bien. Existe un mal mucho mayor que el problema económico. Llegó a este lugar hace ya muchos años. Es la desgracia de occidente.
Las semillas hace tiempo dieron paso a enormes árboles. Juntos forman un bosque tóxico, pero tolerado. Las especies más abundantes son la ausencia de los más mínimos modales, el deseo irrefrenable de fiesta y la indiferencia en todos sus tipos.
Avanza a gran velocidad. El terreno no cuenta con los recursos naturales para impedirlo. Es, a partes iguales, famoso e ignorado. La cura no se extrae de leyes de educación, se obtiene del conocimiento de la raíz, de sus causas y de la autocrítica de una sociedad cualquiera.

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